El resultado no es lo único, como no es lo único respirar. Pero sin respirar no se vive y sin resultado el fútbol no tendría sentido. Pero más allá de lo esencial, está lo importante. Se puede vivir solo por respirar, o también se puede honrar la vida o incluso trascender. Se juega para ganar pero hay imágenes, momentos, instantes, que trascienden el resultado y quiebran la historia a través de la belleza.
Pues entonces las jugadas más hermosas de la rica historia del Superclásico en la Bombonera seguramente hayan sido “El Caño más bello del mundo” (Diego Tomassi dixit), el túnel de Riquelme a Yepes en el Boca-River eliminatorio de Libertadores de 2000; y el gol de Diego en su primer Superclásico al hacer bailar y dejar por el piso al mismísimo Fillol en el cierre de una jugada exquisita.
Si es por el resultado, el caño a Yepes fue en un partido eliminatorio de Copa Libertadores, nada menos, uno de los mano a mano de la historia en los que Boca pasó. El primero de ellos fue la exclusiva final única en la historia, el 1 a 0 de Boca en la cancha de Racing, y ese tiro libre de Suñe también queda enmarcado, aunque no fue en la Bombonera.
Pero más allá del resultado o la importancia del partido, indudablemente la acción que más trasciende en la historia de los superclásicos en la Bombonera es ese gol de Maradona en el 81. Comparable, por el impacto histórico, con el penal atajado por Roma a Delem en el 62, pero con más magnitud internacional, por Diego obvio.
Fue una noche de lluvia torrencial en Buenos Aires el viernes 10 de abril de 1981 (Boca 3-River 0). En efecto, uno de los Superclásicos más importantes de la historia, el primero de Maradona, se tuvo que jugar un viernes. Porque el domingo corría Reutemann en el Autódromo. Después de la desobediencia de Lole en el Gran Premio de Brasil, en Jacarepaguá, cuando no le hizo caso al cartel de Williams que decía Jones 1, Reutemann 2, algo que emuló, en menor escala, hace pocos días, Franco Colapinto.
Pocas veces se vio gente tan apretada, hasta el agobio, en la vieja popular de socios debajo de la platea media. Todos a la Bombonera arribaron ya empapados e incluso se dudó sobre la realización del encuentro. El barro, al cabo, fue uno de los detalles que le agregó más mística a la noche. Sin celulares, ni auriculares, al caminar por Brandsen, o por Patricios, o por Aristóbullo del Valle, se mezclaba la voz de Víctor Hugo de una portátil a otra en la previa. Después del “la soltó como un lágrima” del 22 de febrero anterior, debut de Diego en Boca y del relator uruguayo en Argentina, el hincha “xeneize” ya la había adoptado casi como si fuera un narrador partidario.
Y, designios de la historia, su relato de ese gol de Diego a Fillol fue el segundo más notable de tu trayectoria y probablemente de todos los relatos del fútbol mundial. Obvio, el primero fue la banda sonora del gol más extraordinario de la historia, el del mismo Maradona a los ingleses.
Es que antes de un “de qué planeta viniste, barrilete cósmico”, hubo un “ta ta ta, que sea, que sea, que sea…”. Fue tal la maniobra de Diego para bajar el centro de Córdoba y eludir a Fillol, arrodilándolo primero y dejándolo por el piso después para de inmediato rematar y hasta evitar un intento de atajada de Tarantini, que todo eso le dio tiempo a que a Víctor Hugo le salga ese “que sea, que sea, que sea…”. Un deseo espontáneo que no pudo evitar, sin ser hincha. Un deseo de todo el fútbol. Esa obra maestra debía ser gol. Esa pirueta, esa osadía, esa prestancia para bajar el balón y esa audacia con precisión en velocidad para eludir al arquero y transformar un gol común en uno único, provocaron ese deseo irrefrenable del relator.
Una película tiene un momento cúlmine. Y fue ese. Pero está rodeada de detalles que hacen a la trama. Del otro lado estaba Kempes, nada menos, el goleador del Mundial 78 y el jugador argentino más importante de la historia hasta Diego y Messi. El árbitro Arturo Ithurralde echó a Merlo de River y Escudero de Boca. Pero Passarella pegó con licencia, toda la noche. Aunque una de sus patadas que pudieron generar consecuencias ni siquiera alcanzó para bajar a Diego en una apilada que en milésimas dejó tres rivales en el camino y generó el primer gol, el de Miguel Brindisi, autor también del segundo tanto.
Ithurralde fue el mismo árbitro que dijo “juegue” en el tiro libre de Suñe de aquella final a un solo partido del 76, cuando Fillol estaba armando la barrera. El propio Ithurralde meses después de ese mismo año 1981 perjudicó abiertamente a Boca en el Superclásico que, ya por el Nacional, River le ganó a Boca 3 a 2 e en la propia Bombonera en una mañana de domingo. Allí nació el “Ithurralde, la c… de su madre”. Nadie imaginaría de quien confesó Arturo que era hincha, muchos años después, entre sus amigos en Mar del Plata.
Y un detalle final que redondea esa noche mágica, irrepetible pero también premonitoria. En el primer tiempo de ese Superclásico, tras un centro ancho de Brindisi, ¡Diego hizo un gol con la mano! igual en el salto al que le convirtió a los ingleses en el 86. La imagen con Fillol es increiblemente idéntica a la de Maradona-Shilton. Pero en este caso Ithurralde vio la mano, no el línea.
Eso sí, tal como en el choque ante Inglaterra, fue la antesala al gol más bello, en este caso de los Superclásicos en la Bombonera. “Que sea, que sea, que sea…».

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