«Bilardo dice que Boca no lo conforma”. Hace 30 años, la primera tapa de la historia de Olé nació al calor del tortuoso ciclo del Doctor, en los albores casi prefundacionales de la presidencia de Mauricio Macri, cuando todo olía a incertidumbre y el caos maradoniano se paseaba en camión Scania en los desbordes del menemismo en retirada.
Olé, entonces, fue testigo de todo ese cambio de época, consumido en esos fuegos, en un club en conflicto permanente, con un Bilardo que ya no estaba para lidiar con algo que no podía controlar y un Macri que se empezaba a dar cuenta (y vaya si lo hizo) que Boca era mucho más difícil de manejar que Socma, la empresa que fundó su padre Franco.
Olé, por entonces, andaba en incertidumbres parecidas, por ser un medio nuevo en un formato (el diario deportivo) inédito en la Argentina. Con otra novedad: el volumen de información, también nunca visto antes en la prensa nacional. Fue un boom de dos vías.
Así, las cosas se movieron a otra velocidad, la misma que marcaba el fin del milenio y la aceleración de las nuevas tecnologías. No sin antes, claro, vivir la crisis del final de una era. Así se fue consumiendo el ciclo de Bilardo, que comenzó a eclipsarse rápidamente en ese 1996 y con eso, la llegada del Bambino Veira, que había sido campeón del mundo con River una década antes, pero que tampoco consiguió ser el hombre indicado para los nuevos tiempos. Con él se dio uno de los primeros impactos fulminantes de una tapa de Olé: la del 21 de abril de 1998, cuando el ciclo del Bambino agonizaba y a Diego Latorre no se le ocurrió mejor idea que comparar a Boca con un cabaret y la portada quedó en la historia con los jugadores de Boca en modo Full Monty.
Olé y el inicio de un camino bárbaro con Bianchi
Todo ese desmadre, sin embargo, fue el escenario perfecto para el inicio de una era gloriosa, mágica, totalmente opuesta al caos y al derrotismo de esos años. La llegada de Carlos Bianchi a la dirección técnica de Boca en los inicios de 1998 fue un golpe de escena definitivo, que Olé tuvo el privilegio de documentar paso a paso, día a día, como una referencia para las nuevas generaciones.
Para lo bueno y para lo malo, para contar la gloria de los triunfos y las miserias humanas que suelen acompañarlos, Olé estuvo en la primera línea de fuego. Fue testigo de la mano orfebre de Bianchi, que talló ese equipo, y las distintas versiones que vinieron después, a imagen y semejanza, que supo combinar talentos irrepetibles en la historia de Boca, que simplemente estaban en el club y que él acomodó y potenció como nadie. Desde Ibarra y Samuel, a Serna y Basualdo, a Riquelme y su magia, hasta Guillermo y Palermo que se odiaban en pero que fueron hermanos a partir de que el Virrey los unió para siempre.
El inolvidable Apertura 98 y la racha de 40 partidos sin perder, las Libertadores de 2000, 2001 y 2003, las Intercontinentales 2000 y 2003, los campeonatos locales que reconfiguró el mapa del fútbol nacional, continental y mundial, de la mano de un equipo que atravesó la misma lógica del paso de los años. Todo ese universo era nuevo, como nueva era la experiencia de una publicación deportiva que siguiera día a día el andar de un equipo único. Para todo lo bueno que se vivió, y también para contar lo malo, aquellas historias que habitualmente no salían en los diarios, o salían en un nivel de exposición muy bajo. Y Olé, entonces, corrió el velo sobre lo que pasaba entre bambalinas, en el vestuario, atravesado con las disputas entre Riquelme y Palermo, las dos figuras icónicas de ese proceso, una división que al principio se negó, pero que inexorable salió a la luz, al punto que todavía se mantiene, más de 25 años después.
De todas maneras, los recuerdos más fuertes siempre se quedan en los triunfos. Y Olé fue testigo privilegiado de ellos, a la vez de vivir el día a día del trabajo de Bianchi que abría las puertas a los entrenamientos con una generosidad que, lamentablemente, no existe ya en estos tiempos, Así, los hitos se acumulan en el recuerdo: la final contra el Real Madrid, la movilización histórica de los hinchas de Boca a Japón, la eliminación a River con la gallinita de Tevez en 2004, el muletazo de Palermo y los penales frente al Milan iluminan el camino.
El Boca de Bianchi también se distingue porque sus efectos residuales fueron el abono fértil para alimentar otros ciclos exitosos, como la Copa Libertadores 2007, la última que ganó el club de la mano de Miguel Russo. Hasta allí llegaron Hugo Ibarra, Sebastián Battaglia, Clemente Rodríguez, Martín Palermo y claro, Juan Román Riquelme como el artífice diferencial. Todos ellos miembros fundadores del ciclo del Virrey o partícipes clave en lo que vino después.
Como lo fueron también -aunque en menos cantidad- en la enorme era de Alfio Basile, que llegó a Boca en el post bianchismo y armó una revolució que despues lo catapultó a su regreso a la Selección. Con el Coco, Boca terminó una serie de entrenadores que no llenaron el vacío que dejó Bianchi (Ischia, Brindisi, Chino Benítez, Alves) y el club explotó de tiítulos como en sus mejores épocas, con dos campeonatos locales, una Sudamericana (2005) y dos Recopas (2005 y 2006).
La búsqueda de la Séptima…
En los últimos 20 años, a Olé le tocó contar las dificultades que tuvo Boca en volver a aquellos tiempos, algo que todavía sigue intentando.
Boca vio volver a Bianchi y al mismo Basile, otra vez, pero ambos estuvieron muy lejos de repetir esos logros y se fueron, lamentablemente, envueltos en la húmeda ropa del fracaso. En el medio, los conflictos de Riquelme con entrenadores (Falcioni) y la dirigencia (Macri, Angelici) que culminó en la final de la Libertadores perdida de 2012 ante Corinthians, cuando Román dejó trascender, antes del partido, de su retiro, del que volvió tiempo después. Sigue siendo éste un período de más batallas perdidas que ganadas, como la final en Madrid ante River que opacó el ciclo de otro gigante como Guillermo Barros Schelotto, o la Libertadores perdida en 2023 en Rio de Janeiro ante Fluminense, con 100.000 hinchas de Boca desbordando las playas de Copacabana.
Riquelme, claro, es otro gran protagonista en la vida de Olé, que también fue testigo de su irrupción en la política de Boca, primero como vice de Jorge Ameal, después como presidente electo, luego de arrasar en las elecciones frente al macrismo residual. En eso anda Román, buscando el sueño de la Séptima, y en eso anda Olé, como siempre, contando las historias que hay detrás de esa obsesión.







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