El Mundial de Estados Unidos, México y Canadá viene produciendo partidos atractivos, con muchos goles y destacadas figuras. Lo que está casi ausente, o al menos mucho menos presente que en otras ocasiones, son los escándalos arbitrales. Salvo la actuación del argelino Ghorbal y su asistente VAR español, José Naranjo, que perjudicaron a Haití en el partido con Escocia, no predomina la polémica.
Naturalmente, no faltan situaciones que dan lugar a controversia, pero son pocas y menores, y en general se han diluido rápidamente. La que envuelve a Leo Messi parece más un ensañamiento viral con el crack argentino, de quien se derrama por todas partes una foto en la que parece cometer una falta de juego brusco grave que merecía expulsión.
En verdad, Messi va a presionar la salida de Argelia y termina llevándose por delante al defensor, con el que tropieza, y su suela se apoya brevemente en la pantorrilla del argelino, sin fuerza excesiva ni intención. Si el polaco Marciniak hubiese observado el detalle del roce con la suela, quizá podía ser amarilla. De ningún modo roja, por lo que tampoco había lugar a la intervención del VAR.
Pero ¿qué razones hay para que, en 24 partidos, sea tan bajo el índice de polémicas arbitrales? ¿Ayudan los cambios en las reglas que impuso la FIFA? ¿Se perfeccionaron los árbitros? ¿Cambiaron los jugadores? Sin olvidar que hay situaciones azarosas en las que, como dicen los propios árbitros, «el Diablo mete la cola», hay un poco de todo eso.
Mejor tecnología
La FIFA no ahorra en gastos en busca de que las imágenes del VAR reproduzcan fielmente las acciones que revisan. Entonces, goles anulados por offside, como el de Messi a los 4′ y el de Argelia a los 7′, apenas por un hombro, terminan fuera de discusión.
También está la tecnología de punta aplicada a la pelota Trionda con la que se juega el torneo, que tiene un chip para determinar el instante exacto del golpeo que le aplica el jugador. Uno de los goles de Suecia,el cuarto, fue inicialmente anulado por Falcón Pérez: Svanberg estaba en posición adelantada cuando su compañero envió el centro, y eso señaló el asistente Facundo Rodríguez.
Pero en el camino, otro sueco, Isak, había intentado intervenir, y la pelota pasó de largo. Imperceptible al ojo humano, el desvío ínfimo en Isak fue captado por el sensor de la pelota. Y cuando la tocó Isak, Svanberg ya estaba habilitado.
Por lo tanto, tras el llamado del chileno Lara desde el VAR, Falcón rectificó el fallo y dio el gol. También se aplica la tecnología DAG (Detección Automática de Gol), que vibra en el reloj del árbitro cuando la pelota cruza la línea y se mete en el arco.
Pocas revisiones, poco tiempo en pantalla
El VAR no está sobreactuando su función, y no llama por tonterías, ni para superponer interpretaciones propias a las del árbitro de campo en situaciones en las que no hay imágenes que demuestren un error claro. Como si hubiese recordado la máxima original de la creación del videoarbitraje ( «intervención mínima, máximo beneficio»), solo llaman para reparar fallas evidentes.
Siempre hay alguna excepción: en Estados Unidos-Paraguay, el español Del Cerro Grande llamó al neerlandés Makkelie, que había creído ver una falta del yanqui Ream a Almirón, pitó el tiro libre y amonestó al defensor. El VAR se extralimitó, haciendo una retorcida interpretación de la regla de «confusión de identidad», porque Ream no había llegado a tocar a Almirón y el jugador guaraní se zambulló.
Entonces, llamó al juez para que cambiara de amonestado: le retiró la amarilla a Ream y se la aplicó a Almirón por simular. Aunque se terminó haciendo justicia en la acción, fue una malversación del protocolo: Makkelie no había confundido la identidad de nadie, solo había cobrado una falta inexistente y había amonestado en consecuencia.
El VAR le dio vuelta un fallo que no está en el protocolo de intervención (no era penal,ni gol, ni roja directa), y encima, lo llamó a ver la jugada cuando ya el partido se había reiniciado. Cuando se volvió a jugar, ya no se puede cambiar el fallo anterior y hay que reanudar con pique. Fueron dos burradas juntas.
También disminuye las polémicas el poco tiempo ante la pantalla cuando llaman a un árbitro a un «on field review» (revisión en campo). El australiano de origen iraní Alireza Faghani vio muy bien que Mbappé no había sido derribado por la barrida del senegalés Mané, y cuando el saudí Alshehri lo llamó, considerando lo contrario, vio rápidamente la acción y mantuvo su decisión: no era penal.
En cambio, a su colega mauritano Beida, el VAR a cargo del egipcio Ashour, tuvo que mostrarle ¡diez veces! la clara mano del defensor jordano Obeid para que pitara el penal con el que Austria selló el 3-1.
Comportamiento de los jugadores
El Mundial son pocos partidos que cada equipo puede jugar, un máximo de ocho, y nadie quiere perderse la gran cita y la gran vidriera planetarias. Los futbolistas se cuidan más, se comportan mejor, no quieren resignar partidos por acumulación de amarillas o por tarjetas rojas, y saben que están cada vez más vigilados por la tecnología.
Es impensable que un equipo que pasa más de 100 minutos defendiéndose de otro que tiene la pelota todo el partido no esté a cada rato cometiendo faltas. Pero sucedió en España-Cabo Verde. Los africanos hicieron ¡un solo foul!
Bajan la histeria y la desconfianza
Atado al ítem anterior, también puede verse que no se pasan todo el partido protestando cada fallo, histeriqueando por un lateral en media cancha o presionando al referí «para la próxima», como tan acostumbrados estamos a ver en Argentina y en Sudamérica. Casi no se arman tumultos, si los hay se dispersan en seguida y tampoco se ven protestas masivas sobre los referís.
Hay mayor continuidad del juego, y en eso tal vez ayudan las normas que sancionan las demoras en los laterales y los cambios. Y no proliferan (al menos, por el momento) las teorías de conspiraciones a favor o en contra de alguno.






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