Los últimos cuatro días de Ángel Correa fueron una verdadera carrera contra el tiempo. El jueves viajó desde México hacia Buenos Aires; el viernes firmó su contrato con River y tuvo su primer entrenamiento junto a sus nuevos compañeros en el Monumental; y el sábado, 48 horas después de despegar de Ciudad de México, hizo su debut oficial al disputar los últimos 24 minutos de la derrota ante Barracas. En un equipo sin respuestas, apostaron por él desde el banco para intentar cambiar una historia que terminó siendo irreversible.
No tuvo tiempo de hacer una mudanza, reencontrarse con sus amigos ni resolver cuestiones familiares, como encontrarles colegio a sus tres hijas. Todo quedó en pausa porque, apenas aterrizó, River ya lo necesitaba dentro de la cancha. El delantero, por el que el club desembolsó 15 millones de dólares, más otros dos millones en objetivos, llegó con la responsabilidad de cambiar a un equipo golpeado.
La urgencia no es casual. River arrastra una serie de golpes que profundizaron el mal momento. En los últimos tres partidos, perdió la final del Torneo Apertura ante Belgrano, protagonizó un papelón al quedar eliminado de la Copa Argentina frente a Aldosivi y comenzó el Clausura con una derrota como local ante Barracas. Por eso, ante el Guapo, cuando el cuerpo técnico buscó soluciones desde el banco, recurrió a Ángel Correa. En su jerarquía, en su desequilibrio y en su capacidad para resolver partidos, River depositó -y deposita- la esperanza de empezar a revertir un presente que, por ahora, aparece cada vez más oscuro.
Si bien el contexto no era el ideal ya que llegaba sin ritmo futbolístico -no realizó la pretemporada, no venía entrenándose con Tigres-, Correa dejó algunas señales alentadoras en apenas un cuarto de partido. Ingresó para disputar los últimos 24’ y, en la primera que tocó, enganchó hacia adentro y sacó un remate que encontró bien parado al arquero Marcelo Miño. Fue apenas un chispazo de los que puede aportar.
Más allá de la derrota, su ingreso tuvo impacto: protagonizó dos de los cuatro remates al arco de River, es decir, la mitad de los disparos entre los tres palos de un equipo que volvió a evidenciar serias dificultades para generar peligro. Un estreno breve, pero suficiente para dejar en claro por qué River hizo una fuerte inversión por él y por qué, en un presente tan complejo, buena parte de las esperanzas de recuperación descansan sobre su talento.
Está claro: el equipo debe levantar. River necesita mayor entendimiento y fluidez en lo colectivo, más asociaciones y un funcionamiento futbolístico que todavía no aparece. No puede depender de un solo jugador para salir adelante. Pero también es cierto que hay una ilusión lógica: que la jerarquía de Ángel Correa le aporte ese salto de calidad que hoy le falta al equipo. Que sus gambetas, su desequilibrio y su capacidad para resolver en los últimos metros sean el punto de partida para revertir un presente que se volvió preocupante y devolverle a River la confianza que hoy parece haber perdido.
Y hay motivos para ilusionarse. Si bien necesita readaptarse en tiempo récord al fútbol argentino, Correa llega después de haber sido la gran figura de Tigres: 54 partidos, 23 goles y 14 asistencias. Y, antes, en el Atlético de Madrid, disputó 498 partidos oficiales, convirtió 88 goles y repartió 55 asistencias, siendo clave en uno de los equipos más competitivos de Europa.
Esta es sin dudas hoy la gran apuesta de River: le dieron la emblemática número 10, se realizó por él una de las inversiones más importantes de la historia y, apenas bajó del avión, ya jugó. Ahora, el desafío es que ese voto de confianza empiece a traducirse en fútbol, resultados y una mejora.






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