Hay frases hechas muy arraigadas en el fútbol. Y una que se impone en el mundo de la pelota es esa que dice que los clásicos se ganan. Como si intentar jugarlos no fuera un camino para lograr el triunfo. Como si los dientes apretados inmovilizaran los pies.
Los dos tenían sus propias mochilas para sacarse de encima. San Lorenzo y la necesidad de que este equipo empiece a hacer pie firme junto a la responsabilidad de ser local. Huracán con la historia de 25 años sin ganar como visitante. El preconcepto hacía imaginar entonces un partido cerrado en el que enamorarse rápidamente del empate sonaba como una tentación difícil de esquivar.
Y si el clásico, y el fútbol esencialmente, continúan generando lo que generan es justamente por esta sensación de que la imprevisibilidad lo hace único. Este mismo Huracán que de local no tuvo dos llegadas de peligro contra Atlético Tucumán el lunes de la semana pasada, se propuso jugar el partido. Obvio que quería ganarlo como lo ganó, pero salió al Nuevo Gasómetro a mandar en el lugar donde se suelen resolver las historias: el mediocampo. Y San Lorenzo comprendió la importancia del desafío sólo a partir de la actitud, restándole -sin querer queriendo- importancia a sumar pases, a ser preciso, y encima se enroscó con el arbitraje hasta por un lateral.
Ni siquiera se rompió el partido con la irresponsabilidad de Gill metiéndole un cabezazo a Blondel. El festejo, equivocado y condenable, de Caicedo no atenúa el error del arquero. Y recién en esa desventaja de 0-2 y uno menos, San Lorenzo comenzó a buscar caminos más asociados de juego para descontar. Con uno menos, el Ciclón tuvo mejores y más peligrosas llegadas aun subiéndose a la cornisa de una contra letal (hubo mínimo cuatro clarísimas) que Huracán no supo aprovechar. Un clásico que ganó el que más tiempo pensó en jugarlo.
El delantero de Huracán metió un doblete en el clásico y se manifestó por su festejo en el 2-0 (Video: TNT Sports)




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