A Mark Twain se le atribuye una reflexión frecuentemente utilizada para los análisis geopolíticos pero que -por caso- también aplica al fútbol. “La historia no se repite, pero rima”. Un recurso literario sutil para referirse a los problemas que se reciclan. El problema es que River viene acelerando sus tiempos. Los intervalos entre piña y piña se han ido acortando desde su último título en 2024. Uno que, paradójicamente, también había funcionado como paliativo de una situación de crisis.
La eliminación frente a Independiente Santa Fe acentuó la pendiente. Amplió ese hoyo negro que hace tiempo parece absorber todo a su paso. ¿Cuál fue el inicio? ¿Aquel error de gestión interna que fue génesis del final de ciclo de Martín Demichelis, extendido en el tiempo por aquella Supercopa Argentina del 24? ¿La fallida segunda era de Marcelo Gallardo, de altísimas inversiones no redituables deportivamente? ¿ No haber llegado a jugar la Libertadores 25 fue castigo o síntoma? Es difícil encontrar en la línea de tiempo cuál es el momento cero. Tan complejo como vislumbrar a futuro un quiebre: hace meses que cada amago de levantada termina invariablemente mal.
Responsabilizar completamente a este grupo de jugadores sería, cuanto menos, injusto: a excepción de Ezequiel Centurión -arquero suplente de Santiago Beltrán- no quedan conexiones futbolísticas entre aquella Supercopa Argentina 2024 y el River 2026. No quedan (o casi) futbolistas contemporáneos del primer golpe, cualesquiera haya sido el catalizador de esta crisis. El repaso clarifica: en dos años y un puñado de meses de River se fue Demichelis y volvió Marcelo Gallardo. Se apostó por la experiencia. Se llegaron a reunir a ocho ganadores de la Libertadores en el Santiago Bernabéu en 2018 (Armani, Casco, Martínez Quarta, Montiel, Nacho Fernández, Quintero, Enzo Pérez, Pity Martínez) y símbolos de viejos buenos tiempos (Lanzini, Kranevitter, Driussi).
En aquel primer proceso de reconstrucción también se sumaron campeones del mundo. Pero no funcionó: el Mundial de Clubes fue bisagra. Y los volantazos post Estados Unidos (Juan Carlos Portillo, Matías Galarza Fonda, Juan Fernando Quintero) no alcanzaron: River se quedó afuera de la Libertadores 26. Clic que precedió a la renovación bis: los íconos volvieron al póster de Madrid para dejarles paso a caras nuevas. Se bajó el promedio de edad. Se modificó la política de incorporaciones, quirúrgicas durante el último verano con apenas dos compras (Tobías Ramírez y Aníbal Moreno), tres préstamos (Fausto Vera, Matías Viña, Kendry Páez) y un retorno (Tomás Galván). Pero la espiral negativa no se detuvo: hasta se tragó a la estatua.
La renuncia del Muñeco fue el cimbronazo más simbólico del almanaque 2026. Ni él, con billetera elástica y ojo, consiguió revertir el bajón: durante su segunda era -y también, después- se invirtió una centena de millones de dólares para interrumpir el proceso cíclico. Sin resultados. Sin reacción. Y el loop no sólo no se detuvo: agarró velocidad. Cada vez que amagó con levantarse inmediatamente pisó la cola de la serpiente en el tablero y retrocedió casilleros. Ya con Eduardo Coudet, en Córdoba, antepenúltimo cross: arrancó ganando la final ante Belgrano, némesis eterna, y súbitamente falló al punto de perderla en un puñado de minutos y sin tiempo de cronómetro para reaccionar. Ni alternativas para cambiar la ecuación.
Fue una analogía de un año contracultural para la historia reciente de un equipo/club que dominó la agenda desde 2014, especialmente a nivel internacional, pero que en un olvidable 2025 no llegó ni a clasificarse a la CL. Mapa que no ha cambiado este año: la anual 2026 lo tiene fuera de la zona internacional 2027 -con nueve fechas apenas para sumar y ganar terreno- y ya se quedó sin tres de los caminos hacia la CL (Apertura, Copa Argentina y Sudamericana). El motivo: el haber pasado de meterse en una definición por un título a perder cuatro partidos consecutivos por Liga.
Y el ciclo elíptico se reinició. Por enésima vez. Con una eliminación prematura en la Sudamericana. Con un año que queda larguísimo, con una meta de mínima (entrar a la Libertadores) que está complicada por anual. Es ya una obligación por contexto que entonces dependerá de un título bajo presión. El peor de los escenarios para este River que se replica, que se plagia a sí mismo y que no consigue hallar una colectora a este círculo vicioso. De esta historia que no deja de rimar.



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