A veces da bronca. El fútbol da bronca. Y pensamos que está mal, muy mal, que cómo puede ser que los tipos ganen lo que ganan si entrenan dos horitas por día, con toda la furia tres, y después se la pasen hueveando, durmiendo la siesta o tatuándose esa partecita del cuerpo que aún les queda sin escracharse o cortándose el pelo o tiñéndoselo o subiendo algo a su perfil de Insta o perfilándose las cejas; cómo puede ser que ellos ganen lo que ganen y un docente, un maestro, un médico del Garrahan, un científico del Conicet, cobren la miseria que cobran y no les alcance ni para llegar a fin de mes.
Pero, entonces, llega el Mundial, la Libertadores, uno de los torneos imposibles que inventa Chiqui, un superclásico, o un Cañuelas vs. Berazategui, y se nos va la vida y nada nos importa más que eso y todo queda reducido a si la pelotita entra o no.
¿Qué interesa -indigna- más? ¿Que por día en el mundo mueran 8.500 niños por causas relacionadas con la desnutrición o enterarnos de lo que cobra el muerto de nuestro 9 que no le hace un gol ni al arco iris? Si un diario serio (no Olé, por supuesto, un diario serio) publicara en su web un mismo día los índices del hambre mundial y los sueldos de los futbolistas, ¿qué nota leeríamos primero? ¿O, mejor dicho, qué nota leeríamos? “Vengo a venderles un negocio llamado fútbol”, afirmó en 1974 el brasileño Joao Havelange, un destacado jugador de waterpolo e hijo de un inmigrante belga que comerciaba armas en Río de Janeiro, luego de ser elegido como presidente de la FIFA en el 39° Congreso de Frankfurt. Fue en ese mismo congreso que Horst Dassler, hijo del creador de Adidas, se le acercó a Havelange y le propuso un modelo de negocio ideado por él y por un joven publicista británico llamado Patrick Nallyp: tentar a las grandes marcas corporativas para que invirtieran millones a cambio de un acuerdo de patrocinio que durara años e incluyera la Copa del Mundo y todos los eventos de la FIFA. Y el negocito de los 22 pavotes corriendo detrás de una pelota, que ya tenía cierta clientela, explotó.
El fútbol tiene más seguidores en el mundo que cualquiera de las principales religiones. La economía del fútbol, la guita que mueve, es muchísimo mayor que la de muchísimos Estados soberanos. El total de personas que siguieron o interactuaron con contenidos referidos al último Mundial a través de la televisión, el streaming y las redes sociales fue de unos 5.000 millones, más de la mitad de la población mundial (8.400 millones). Según la FIFA, unas 265 millones de personas juegan fútbol organizado en el mundo y si se suman entrenadores, árbitros, dirigentes y estructuras vinculadas, el mundo de la redonda supera ampliamente las 300 millones de personas involucradas de manera directa. No existe otra actividad así, con su impacto económico, su alcance cultural y social, su influencia política, su desborde emocional. Da escalofríos, vértigo, pensar en toda esa monstruosa maquinaria. Da escalofríos, vértigo, pensar que durante años y años un pibe nacido en Rosario haya sido el principal engranaje de toda esa monstruosa maquinaria. Da cierto placer, cierto gustito, saber que ese pibe nacido en Rosario lo hizo sin proponérselo, siendo justamente todo lo contrario a lo que las leyes de esa maquinaria dictaba. Introvertido, retraído, cero divo, escapando -odiando- gran parte de ese negocio. Fumándose la exposición, no disfrutándola. Lo que ese pibe solo quiso fue jugar a la pelota; todo lo que vino con eso fue el precio que debió pagar por hacerlo como nadie.
No pasa muchas veces esto que pasará este martes por la noche. Que el mundo se detenga. La pandemia, un atentado, un tsumani, la muerte de un Papa, el nombramiento de un Papa, una guerra, la muerte de un rey o una reina, la muerte del Diego, las casi muertes del Diego. Ahora, hoy, el mundo se detiene por el adiós de Leo a la camiseta que más quiere. Sabemos que ya nada será como antes, pero sabemos lo lindo que fue. Y lo lindo que haya sido un tipo como él el que llegó. Messi no es un docente, pero, vamos, dio lecciones desde su resiliencia, su resistencia, su tolerancia, su tenacidad, su paciencia para aguantarnos; no hizo ningún descubrimiento científico, claro, no inventó la teoría de la relatividad, pero todos lo vimos más de una vez cambiar las leyes de la física; no creó ninguna vacuna, pero a cuántos nenes los hizo más fuertes, les dio anticuerpos, les enseñó a resistir en un mundo que a muchos no les muestra su mejor cara; no escribió ningún libro pero a cuántos deslumbró, maravilló, inspiró con sus gambetas de ciencia ficción; no creó ninguna doctrina política pero cuántas multitudes arrastró.
Este martes estará rodeado de su familia, sus amigos, sus compañeros de la Selección, nosotros, su pueblo, desde el estadio o desde casa. Todos esos que lo disfrutamos, lo adoramos, lo idolatramos, lo endiosamos y ya lo extrañamos, pero que también lo destratamos cuando no ganaba, lo torturamos comparándolo con el otro extraterrestre, en lugar de haber celebrado que vaya a saber por qué misteriosa fuerza de la naturaleza dos de los más grandes de la historia hayan nacido en esta tierra vibrante, desesperante, intensa, inmensa, tan amistosa y violenta llamada Argentina. Sin embargo, como pasa en estas fechas así de emotivas, así de movilizadoras, el encuentro más importante, más trascendente, será otro: esta noche, al salir al Monumental, al pisar ese césped, al ver esas tribunas, Leo se encontrará con aquel pibito que pateaba en el Campito de su barrio, ahí en Lavalleja al 500, el que iba con su abuela Celia al club Grandoli, aquel que nunca quería dejar de jugar a la pelota. Será un cruce de caminos, una encrucijada por la que todo valió la pena. Y ahí, al verse, bajo los flashes del mundo entero, pero completamente solos en el Monumental, bajo el griterío de la gente aunque en el más absoluto de los silencios, se mirarán a los ojos. Y no habrá dudas: se reconocerán.
Quizás el secreto de Messi durante todos estos años haya estado ahí: jamás perdió a aquel nene que siempre quiso jugar, que persiguió la gloria pero sobre todo persiguió aquella pelota del Campito. Por eso el mundo está así de conmovido: por un nene que nunca dejó de jugar. Un nene que todo lo que hizo fue por amor a la pelota. Un nene que quiso estirar la tarde jugando con sus amiguitos en el barrio.
Ahora cayó la tarde, ya bajó el sol. Ya Jorge volvió del laburo. Ya Celia tiene la comida lista. Y le grita desde la puerta: dale, Leo, que mañana hay cole.
Videos de la última práctica de Leo
Así vive el astro argentino las horas previas al partido frente a Benín en el que se retirará de la Mayor. Por: Camila Corrales
Leo disfruta hasta el último día en la Selección Argentina. @cami.corrales





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