La Selección Argentina Sub 20 puede mirarnos a la cara. Los muchachos subcampeones del mundo nada se deben entre sí y nada le deben a una sociedad futbolera que suele ser impiadosa con los que salen segundos. Nada hay para objetarle al equipo que dirigió Diego Placente: ganó los seis partidos anteriores, cuatro de ellos con la valla invicta y en la final del domingo, le tocó perder con Marruecos que la superó incuestionablemente y con armas nobles. Sin pinchar la pelota ni echar mano a recursos antireglamentarios y extradeportivos.
Desde luego que no da lo mismo perder que ganar un título del mundo. Pero la derrota tampoco vino rodeada de malas artes. En un ambiente que suele convertir una frustración deportiva en una traición a la patria, los muchachos de la Sub 20 estuvieron a la altura del compromiso. Dejaron la piel en la cancha hasta el último minuto y honraron la camiseta de los campeones del mundo. No pudieron ganar porque el rival fue mejor, pero al menos, supieron perder.
Por eso, resultó especialmente valioso el gesto de no quitarse las medallas de plata que la FIFA les otorgó por el subcampeonato. Si en otros tiempos, era un gesto común que se leía como un desprecio a la derrota (y al que muchos le daban una interpretación positiva), ahora se toma como un reconocimiento del camino recorrido y la experiencia vivida. Si alguno de los jugadores tuvo el impulso de hacerlo, el consejo de Placente puso los ánimos en su lugar.
Pese a todo, hinchas convencidos desde hace mucho que «de los segundos no se acuerda nadie» y que «ganar no es lo importante, es lo único» salieron por las redes a criticar a Placente y a acusarlo de «haber pecheado la final». Esa es la consecuencia de años de haber esparcido en las últimas cuatro décadas, un discurso resultadista extremo que también hicieron propio jugadores, técnicos y un sector de los periodistas. Nada más inexacto que dejar sentado que la Sub 20 perdió por no haber dado la temperatura emocional justa del partido. La derrota llegó porque Marruecos fue imparable jugando al espacio durante la media hora inicial e invulnerable cuando se retrasó para defender la diferencia en los sesenta minutos restantes. Y la Argentina no pudo con eso. Así de sencillo.
Pasó el Mundial de Chile y una semilla ha quedado sembrada. Tal vez no haya tiempo para que germine antes de la Copa del Mundo del año que viene y pocos de estos subcampeones (tal vez solo el lateral izquierdo Julio Soler) puedan llegar a integrar el plantel que armará Lionel Scaloni. Pero muchos de ellos es posible que estén luego de la gran cita de 2026. Y en todo caso, ese es el gran triunfo, el premio mayor: dejar sentadas las bases para lo que se vendrá. La Sub 20 puede mirar de frente a todo el fútbol argentino porque lo representó con grandeza, dejó un montón de mensajes positivos y cumplió todos sus objetivos menos uno: salir campeón. Un detalle, al fin de cuentas, cuando la mirada va más allá de la pelota que entra o la pelota que sale.

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