El despertador va a sonar a las 5.30 AM. Un minuto después, arriba: no hay margen para el ritual sagrado de fingir fiaca bajo las sábanas. Lo que hay es apuro por devorar tres tostadas de pan blanco con miel, tomar un café expreso y cumplir con la gran ley de Napoleón: «vestirse despacio que uno está apurado». Short, remera, medias largas por los 5 grados de sensación térmica que anuncia el pronóstico, las zapas, y el dorsal 01768 que esta vez, además de un número, lleva mi nombre bordado como si fuera una condena: Federico. Dos horas después —viaje, caminata, entrada en calor— estaré saliendo desde Figueroa Alcorta y Dorrego junto a cientos de Federicos, Juanes, Marías y Yolandas: más de 31.500 fulanos y alguno que otro reconocido, todos convencidos de que 21 kilómetros se cruzan mejor en manada.
Lo mágico de la Media Maratón de Buenos Aires no se explica: se corre. Es surfear calles y monumentos con la ilusión intacta de llegar antes de lo que el cuerpo permite. En lenguaje futbolero, es una cancha gigante donde se juegan miles y miles de partidos distintos al mismo tiempo, cada uno con su propio resultado invisible. El recorrido que hará el etíope Yomif Kejelcha —el Messi del asfalto— es el mismo que correremos los mortales, entre ellos 6.000 llegados de 32 países distintos. El simpático Yomif lo hará en 57 minutos y monedas, y tal vez sin transpirar, como lo hizo al bajar las dos horas en los 42k de Londres, con el resto de los de élite peleando, en vano, por salir cerca de él en la foto final. Y nosotros tardaremos 4 minutos por kilómetro, cinco, seis, lo que nos toque, todos con el mismo punto de largada y destinos completamente distintos.
¿Por qué este «sacrificio»? ¿Para quién? Vaya uno a saber. Está el que entrena una vez por semana y cree que alcanza, el que busca sociabilizar, el que persigue unos kilos de menos, la que corre para no perder la forma ni la cabeza, el que compite en serio, la que compite contra su amiga. Y entre esos tantos estoy yo, con mi nombre bordado en un número que es igual a otros 31.499, pero que esta noche, mientras me voy a dormir, va a soñar con ganarle a uno solo: a mí mismo.


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