Hay algo que explica esta tercera estrella mundial de Las Leonas más que cualquier estadística: el legado. Porque pasan las generaciones, se retiran las grandes figuras y llega el recambio, pero la máquina funciona y, con algún bache lógico, nunca te deja a gamba.
Desde aquella plata en Sydney 2000, hace 26 años, Argentina construyó una historia que trasciende a las jugadoras. Aicega, Rognoni, Oneto, Mazzotta, Aymar y tantas otras construyeron una identidad que después heredaron otras. Cuando parecía que, sin ellas, el equipo podía sufrir, aparecieron nuevas Leonas para sostener la bandera. El ADN.
Ese es quizás el mayor mérito de este seleccionado. Recambio hay en todos los equipos. Lo difícil es que produzca, una y otra vez, conjuntos competitivos, protagonistas y capaces de ganar. Las Leonas tuvieron baches. Pasaron 16 años entre Rosario 2010 y este título. Pero en ese período hubo medallas olímpicas, podios mundialistas y la sensación de que Argentina seguía estando ahí.
Esta vez el desafío era mayor. Países Bajos era el monstruo del hockey, campeón de los últimos tres mundiales, local y rival que había dominado a Las Leonas durante años. Y Argentina volvió a responder cuando parecía más difícil. Lo hizo con nombres como Agostina Alonso, las hermanas Granatto o Zoe Díaz, medallistas olímpicas y campeona mundial, con 20 años y 85 días apenas, y con una arquera como la China Cosentino, que confirma otra tradición: el arco siempre encuentra una Leona para defenderlo.
Pero hay un dato que permite mirar más allá de esta copa. De las 20 jugadoras, 10 debutaban en mundiales. Así, mientras se festeja esta tercera estrella, ya hay otra generación aprendiendo qué significa ponerse esa camiseta y llevar una leona en el pecho.
El legado sigue. El recambio funciona. Y hay Leonas para rato.




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