Un refrán hecho estrofa representa el éxito de Nicolás Otamendi para convertirse en el líder de este River en los 45 días que se cumplirán este domingo. “No sientas miedo en el desconcierto: un mar en calma nunca hizo un marinero experto”. El giro poético tiene como autor al Cuarteto de Nos y su metáfora, 14 años después de haber sido compuesta, aplica perfecto al portador del brazalete.
“Tenemos un capitán que se hizo cargo de toda la situación. Nos transmitió tranquilidad y confianza”.
Fausto Vera fue el primero en exteriorizar cuán importante es Otamendi dentro del plantel. No hubo una consulta que le diera pie al volante central: el reconocimiento fue genuino, espontáneo. Y también simbólico: el zaguero bicampeón de América, campeón del mundo y fanático de River, adoptó con naturalidad el rol de macho alfa de un plantel que fue renovado en el último mercado y que se vio obligado a convivir con la tempestad demasiado pronto.
Otamendi no tuvo margen para aclimatarse: se sumó al plantel, al igual que Gonzalo Montiel, tres días después de haber perdido la final del Mundial; con un puñado de prácticas con el grupo debutó frente a Barracas en la primera fecha del Clausura -y en la segunda derrota del equipo en el semestre. Su primer triunfo fue anímico: no fue absorbido por el bucle negativo que arrasó con el ciclo de Eduardo Coudet, ni siquiera cuando en su segunda presentación marcó un gol en contra ante Central. Por el contrario: dio el paso al frente y traccionó en pro de desempantanar a un River que venía de perder a tres de sus capitanes: Franco Armani, Germán Pezzella, Juan Fernando Quintero.
La presencia de un referente de la escala de Otamendi era necesaria de por sí para contribuir a la dinámica de integración de los nueve refuerzos que llegaron entre junio y agosto. Sin embargo, el contexto llevó a que se aceleraran los procesos de su rol. Y lo está haciendo: está siendo la cabeza de una transformación del grupo para alcanzar aquel concepto de “manada” con el que Marcelo Gallardo había descrito el comportamiento interno del grupo durante sus mejores años.
La buena onda importada de los años de Selección con Gonzalo Montiel, Lucas Martínez Quarta, Marcos Acuña, Ángel Correa y Thiago Almada -a quien le insistió durante la estadía en los Estados Unidos para que se mudara a River- contribuyó a la adaptación de Ota al contexto. Y permitió que rápidamente lograra ser cabeza de grupo. El capitán incluso ya había tenido un contacto con Santiago Beltrán, con quien coincidió en la víspera del torneo FIFA en los Estados Unidos. La química fluyó rápido. Y en esa línea, también la metamorfosis de Ota de compañero a guía emocional, más allá de lo futbolístico, en donde también está pesando.
Mientras que en la intimidad Nico suele estar encima de todos para construir día a día el concepto de “todos juntos” que publicó en sus redes en el momento más crítico del ciclo Coudet, en público Otamendi también da muestras de su empuje. Como las arengas previas a los partidos, ya dentro del campo de juego. Como las palabras que les dedicó a sus compañeros antes de la serie de penales ante Independiente Santa Fe, exhibiéndose entero en una instancia de altísimo estrés.
Como cuando también salió a exponer el enojo de River con los arbitrajes en la cancha de Tigre, cuando ni Andrés Gariano ni su asistente del VAR -Yamil Possi- cobraron un clarísimo penal a Ángel Correa. Aquel . “tenemos que pelear contra todos” fue punta de lanza de un reclamo que posteriormente se trasladó al plano dirigencial.
Aunque adentro de la cancha Otamendi respondió a su liderazgo con juego. Disputó los nueve partidos del equipo en 2026, todos como titular, y completó los 810 minutos disponibles con un rendimiento consistente. El Comandante ganó 40 duelos de cabeza y, tomando los datos de la Liga, se impuso en el 77% de esas disputas. Además, promedió 7,7 duelos totales ganados por partido, 5,3 despejes, 4,3 recuperaciones, dos entradas y 1,9 intercepciones.
Son números que muestran a un defensor con participación permanente y capacidad para imponerse cerca del área. Y también tuvo peso en la construcción: promedió 86,4 intervenciones y 63,7 pases precisos por encuentro, con un 90% de efectividad. En campo propio elevó ese registro al 95%, mientras que acertó el 84% de sus entregas en territorio rival y el 70% de sus pases largos.
Otamendi no solamente resolvió situaciones defensivas: también se convirtió en uno de los puntos de partida de la circulación. Y mostró seguridad. Métricas que avalan por qué es, también desde el fútbol, un capitán en tiempos de mareas agitadas…




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